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Editorial de Expansión. 22-7-2020.

Europa tiene por fin un pacto histórico para afrontar su reconstrucción. Un acuerdo que sirve para revitalizar el propio proyecto de la Unión, que estaba debilitado por la salida del Reino Unido y por la irrupción de unos populismos que militan en el antieuropeísmo. El pacto alcanzado en la madrugada de ayer es un buen punto de partida para desterrar todos esos fantasmas, pero se convertirá en un estrepitoso fracaso si yerra en su aplicación. Dadas las circunstancias, alcanzar un acuerdo era, dentro de las dificultades, lo razonable. Todos los grandes países estaban alineados en la búsqueda de una solución conjunta y tarde o temprano se iba a materializar. Desde ahora, el éxito y la esperanza de Europa residen en el rigor con el que se utilicen esos fondos, que serían insuficientes si, además, ese ejercicio no viene acompañado de reformas. La lección de los frugales. La experiencia y las presiones a las que nos han sometido los denominados países frugales durante la negociación deberían servirnos de lección. No es un tema ideológico, ni de modelo, por mucho que algunos hayan intentado simplificar demagógicamente el debate. A pesar de que la imagen de halcón ha recaído en el conservador Mark Rutte, países como Suecia o Dinamarca, con gobiernos socialdemócratas, respaldaban la posición del premier holandés de exigir ortodoxia económica a los vecinos del sur. España debe tener claro que no habrá solidaridad europea que se mantenga si cada Estado no es capaz de asumir su responsabilidad. Y los populismos han demostrado ser trágicamente irresponsables. Europa ha demostrado una vez más que se hace más fuerte en las crisis y ha asumido un acuerdo hasta no hace mucho impensable, al que los países deben responder con rigor. Con un compromiso firme en la estabilidad presupuestaria a largo plazo que nos permita no sólo recuperarnos de esta crisis sino prepararnos mejor para la siguiente.

 

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